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lunes, 9 de mayo de 2016

SIMBOLOS

UN PUEBLO Y DOS BANDERAS


Por Luis María Martínez Garate y Angel Rekalde


La bandera nacional representa el poder político por medio del cual la nación se convierte en actor soberano en su territorio y para el resto de naciones. La bandera preside los rituales que actúan como instrumentos de socialización y también como instrumentos de poder para orientar la conducta. Funciona por adhesión emocional, asociada a menudo al himno, al margen de cualquier interpretación o análisis.
Albert Balcells



Si hay algún símbolo que conmueve la sensibilidad de las personas es la bandera de la nación a la que pertenecen. La emotividad que provoca su presencia es muy fuerte. Los lazos de solidaridad que expresa y remueve son profundos. Como dice Albert Balcells, el símbolo que enuncia con más claridad la presencia de una nación es su bandera. Por eso los estados hacen valer la suya en los eventos en que participan: congresos, espectáculos, o compiten, como, por ejemplo, en el deporte. Como decía El País, “Esta vez sí. Esta vez Rafa Nadal será el abanderado español en la ceremonia de inauguración de los Juegos de Río el próximo 5 de agosto. El campeón olímpico de Pekín 2008 ya había sido elegido para los Juegos de Londres 2012, pero debió renunciar por lesión. ‘El deporte español se lo debe’”.

Es chocante, en este sentido, observar cómo cada cierto tiempo despunta y se recrudece la llamada guerra de las banderas. En nuestro país, sin ir más lejos, además de otras controversias tenemos un conflicto entre dos enseñas que son nuestras. Sufrimos la oposición entre dos elementos simbólicos que nos constituyen y afirman, que nos representan. En una misma población, unos se envuelven en la ikurriña, y otros se reconocen en la navarra, y encima, en ocasiones, unos y otros se enfrentan y enfadan.

A favor de la ikurriña se defiende, sobre todo, su papel como elemento de resistencia frente al fascismo y signo de la persecución del pueblo vasco por el régimen de Franco. También se insiste en su diseño o invento por los hermanos Arana Goiri para representar al conjunto del Zazpiak Bat, expresión más genuina, dicen, del hecho nacional vasco. Los sufrimientos padecidos que representa la ikurriña no se discuten y su valor afectivo es enorme.

Sin embargo, la máxima institución política que puede tener una nación es su Estado. El Estado expresa la soberanía de un pueblo (el reconocimiento, la existencia oficial, los instrumentos económicos, jurídicos, territoriales y de toda naturaleza para ser y desarrollarse en libertad) y lo constituye en sujeto político a nivel internacional. Las naciones con Estado normalmente tienen definido su símbolo nacional y existe un consenso generalizado para aceptarlo como tal. Esto nos lleva a una realidad incontestable, y es que en el caso vasco el único Estado que podemos calificar como propio, no ajeno, ocupante o dominante, es el de Navarra. Y Navarra tiene una bandera (como otros símbolos políticos: capitalidad, himno, etc.), también significada por una emotividad y una adhesión muy extendidas.

Cuando se plantea la polémica, al menos en términos argumentales, para no caer en el desgaste de los enfrentamientos que nos disgregan, hay que saber valorar lo que cada símbolo significa; porque eso será lo que vamos a utilizar con ese signo; y eso también lo que podemos perder si lo desdeñamos, o regalar al adversario que se sentirá encantado de arrebatarnos instrumentos de identidad y acción política.

De esta manera, la ikurriña se vincula a una determinada época (muy reciente, un siglo es un período muy breve en la historia de una colectividad), a la reivindicación vasquista, a la lengua y la resistencia antifranquista. Dolor, lucha, persecuciones… Es un bagaje reactivo, emotivo a corto plazo, pero con poca proyección societaria.

Por otra parte, la bandera navarra se vincula a una memoria de largo recorrido, a un Estado que creó instituciones y realidades de solera (independencia, fueros, hitos memorables, formas de vida, cultura, castillos, patrimonio de toda índole…). A veces se nos olvida que detrás de estas palabras emerge una cadena de raíces que nos confiere un suelo común, vivencial, familiar, de intereses, de trabajo, de lengua (sí; también la lingua navarrorum, aunque casi extirpada del uso cotidiano, pertenece a la memoria de la bandera navarra).

En efecto, hay que entender que un Estado como Navarra, al margen de que fuera reino, anarquía medieval o quimera shakesperiana, representa la vida real, la cotidiana, la organizada. Por poner un ejemplo, el sociolingüista Koldo Zuazo ha definido la hipótesis de una lengua vasca unificada –un euskera koiné-, por la mera lógica de un poder político en Pamplona, con la dinámica comercial, productiva, de comunicación que conlleva. Es decir, un elemento tan identitario y característico como la lengua se determina por la naturalidad que acompaña a la existencia del Estado. En la normalidad del reino de Navarra, sin pretensiones lingüísticas ni retóricas ajenas a aquella época, el euskera se normalizó; se unificó; se convirtió en la base cultural, técnica, lingüística... de toda la colectividad. Es lo que hace tener un Estado: que la convivencia y la sociedad se realizan, en el doble sentido de constituirse y ser real.

Del bagaje reactivo que decíamos de la ikurriña, pasamos a un capital político de una cualidad infinitamente superior. De seña de protesta y lucha a elemento simbólico de trabajo, territorio, construcción jurídica, de grandes personajes, obras, vida…

En cuanto a su proyección ante el mundo, ¿qué podemos decir en el plano del reconocimiento internacional? No es lo mismo que nos saquemos una bandera de la chistera y digamos: “aquí estamos porque nos da la gana”; porque nosotros desafiamos al Estado que nos violenta… O que nosotros levantemos una bandera que representa una existencia internacional, aunque sea rota, conquistada, y que expongamos que ahí está la base de la violencia. De un problema de orden público, una cuestión de orden interno (de los Estados actuales, que son el sujeto del presente), pasamos a la definición de un conflicto internacional.

La ikurriña también es nuestra, y no hay que abandonarla, porque su energía es nuestra; además, enseguida sería apropiada y utilizada para dividirnos. Pero no olvidemos que Navarra expresa la máxima jerarquía política lograda por el pueblo vasco a lo largo de su existencia. Sus símbolos, bandera, escudo, himno, etc., significan la plenitud política de nuestra nación. Cualquier otro símbolo para representarlo en su conjunto, desde el punto de vista de su dimensión política, será siempre de inferior categoría.

Fuente : http://nabarra.blogspot.com.ar/

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