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sábado, 13 de junio de 2015

HILANDERAS VASCAS, MUJERES LIBRES

El lino tuvo gran trascendencia en la vida social y económica vasca desde la Edad Media hasta el siglo XX, en especial para muchas madres solteras.
Nota publicada en “El Correo.com”
Escrita por: Itsaso Álvarez
Viviana Igartua teje lino junto a la puerta del caserío, en una época en la que esa tradición ya se perdía.
Es la mujer de la imagen, la abuela materna del historiador vasco José Antonio Azpiazu, que lleva cuatro décadas investigando y recreando los modos de vida de los vascos en los primeros siglos de la Edad Moderna. Buscando información en archivos notariales, contratos y pleitos, Azpiazu ha escrito y publicado obras sobre balleneros, corsarios, esclavos, traficantes... Y sobre la trascendencia que el lino tuvo en la vida social y económica vasca desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX, en especial para muchas madres solteras, que en la época estaban muy mal consideradas y para quienes el mundo del lino y de la elaboración textil era una salida digna. Lo hace en “La historia desconocida del lino vasco”, editado en 2006 por Ttarttalo.

Fue su tío quien fotografió a su madre cuando estaba haciendo un ovillo de lino delante de casa. Esos ovillos nunca llegarían al telar, porque prácticamente habían desaparecido. Pero la abuela estaba siguiendo una tradición, o al menos parecía aferrarse a ella. Fabricados en los humildes hogares, reconvertidos en improvisados talleres textiles, los lienzos de lino elaborados por las mujeres vascas tuvieron una gran aceptación en el mercado, siendo importantes artículos comerciales demandados desde diversas regiones de la Península, incluso desde las Indias. Había un tipo de lino, que era áspero pero muy resistente, y otro muy apreciado, la “beatila” (beatilla), que era muy fino y muy difícil de trabajar.

En aquella época en la que la mujer no tenía presencia jurídica, en la que necesitaba el consentimiento o la firma de su marido para todo, fue entonces cuando debido al trabajo del lino, el protagonismo de las mujeres solteras fue enorme. A través del lino, la mujer se forjó una posición a la que las autoridades no sabían cómo responder, porque con la posición económica que les procuraba el lino, adquirían también una posición social, hasta el punto de que a finales del siglo XVI se les bautizó como 'mujeres libres', porque adquirieron un estatus social importante en un momento en que por lo demás las mujeres estaban sometidas por completo al hombre.

La semilla de lino o la linaza venía fundamentalmente de Portugal y los mercaderes vascos aportaban estas simientes en enormes cantidades. Se recogía la materia prima en los puertos y se distribuía hasta en los caseríos más recónditos. Para tratar el lino procedente de esas semillas, los caseríos vascos empezaron a dotarse de la maquinaria necesaria para confeccionar tejidos. Era la mujer la que fabricaba el lino, desde el sembrado de la linaza hasta la confección de las telas. El proceso era muy complicado, duro y laborioso. Le permitía activar unas relaciones sociales muy importantes, porque se reunía para trabajar con otras compañeras.

El escritor Nikolas Ormaetxea Orixe (1888­-1961) habla en su obra de las hilanderas que se juntaban de noche en los caseríos. Cantos, chismes, noviazgos... Había toda una vida social en torno a la labor del lino. Las mujeres trabajaban en ello al final del día, de noche, tras completarse los trabajos agrícolas habituales, durante las “sorgin afariak” (cenas de brujas), que se componían de castañas y leche caliente. Según algunos testimonios de mujeres recogidos por los historiadores, “haiek ziren gure zine ta teatroak” (era nuestro cine y teatro), argumentaban ellas.

 

"Particulares tocados”

“El hecho de disponer de un terreno para sembrar lino, y posteriormente poder trabajarlo, adquiría ciertos rasgos de identidad e incluso les otorgaba cierto grado de dignidad. La mujer se sentía libre y dueña. Esta parcela de poder real le otorgaba un claro motivo de orgullo, que se manifestaba en el peculiar modo de utilizar algunos efectos creados por ella, en particular los llamativos tocados que se convertirán en uno de los principales distintivos por los que la iconografía reconoce a la mujer vasca. El lino constituía para el género femenino un auténtico tesoro”, indica Kizkitza Ugarteburu, responsable del museo caserío Igartubeiti de Ezkio­Itsaso, que el mes pasado dedicó un ciclo al cultivo y el trabajo del lino por las baserritarras vascas.

Entre los productos que realizaban había sacos, lienzos y las mencionadas beatillas. Destaca el sudario que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, un lienzo que es una auténtica obra de arte y es sólo la punta del iceberg del arte producido por el lino vasco. Además de sobre el impulso económico y social que supuso el lino, el libro de José Antonio Azpiazu también recoge las historias de tejedoras que han perdurado, como la de Isabela de Bequea, vecina de Hondarribia, quien en el año 1602 se presenta como una mujer cuyo oficio es “hilar y coser, labrar y liencear en comprar y vender lienzos”. Esta mujer puso una querella criminal contra María de Copite, vecina de Hendaya, a la que acusaba de haber robado un paño de su mostrador. Mujer libre y decidida.

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